El legado andalusíRevista digital de la Fundación Pública Andaluza El legado andalusíaño XIII (2012)

Turismo y cultura: un binomio fructífero

Rafael Rodríguez Bermúdez Consejero de Turismo y Comercio de la Junta de Andalucía

Nunca fue una relación fácil. En un pasado no tan lejano incluso llegó a ser antagónica. Pero hay procesos que son inexorables y elementos que están condenados a entenderse. Turismo y patrimonio cultural son dos caras de la misma moneda y actualmente es imposible estructurar un discurso coherente en torno a la gestión de los bienes culturales sin tener en cuenta al visitante. No queda lejos en la memoria de otras generaciones esa percepción del turista como un personaje ajeno y pintoresco que surcaba los paisajes de nuestra geografía. Sin embargo, hoy forma parte indisoluble de dichos paisajes, generando una transformación de los mismos y un gran impacto en términos sociales, económicos, ambientales e incluso visuales. La opinión sobre el turista ha virado, de enemigo a aliado, de problema a solución. Parece que esa extraña pareja ha comenzado a entenderse.

La riqueza histórica y cultural de Andalucía es incuestionable. Sin embargo, todo ese gran acervo exige implementar costosos procesos de conservación y puesta en valor no exentos de complicaciones. El patrimonio histórico tiene una característica esencial, es irremplazable, y esto hace que no haya margen para el error. Pero, a pesar de la complejidad y sensibilidad necesaria para su gestión, nuestra Comunidad Autónoma se ha posicionado como un referente a nivel mundial, con más de 26.000 bienes culturales legalmente protegidos. De hecho, así lo ha reconocido también en varias ocasiones la UNESCO, que ha distingido como Patrimonio de la Humanidad los cascos históricos de Granada, Córdoba, Sevilla, Úbeda y Baeza o como Patrimonio Cultural Inmaterial el flamenco, por citar solo algunos ejemplos concretos. En este sentido, el esfuerzo realizado por la Junta de Andalucía ha sido enorme.

La conservación física de los sitios históricos ha de ser primordial, pero el patrimonio es algo más que piedras; es un legado que alberga una serie de valores intangibles que lo vinculan con el territorio, con la conformación de un paisaje cultural y con la identidad de la población local. Así, la cultura es también la huella que han dejado las distintas civilizaciones a lo largo de la historia en las diferentes expresiones artísticas, en el folclore, en las fiestas, en la gastronomía y, en definitiva, en una manera de entender la vida que es única en el mundo.

Este legado ha de ser reconocido y divulgado, siendo la actividad turística un interlocutor necesario. Así, se genera una relación de ida y vuelta por la propia necesidad que tiene el patrimonio de ser visto y de que se difundan sus valores estéticos, históricos y culturales. Por tanto, no solo se ha de preservar un lugar, sino que también tiene que ser comprendido y disfrutado. Pero además, la fragilidad intrínseca que lo define exige una gran sensibilidad a la hora de gestionarlo, generando vistas de calidad, evitando la saturación de los espacios y procurando una correcta difusión para no caer en la banalización del recurso, evitando desvirtuar su autenticidad y perturbar su valor.

Para completar la conceptualización del patrimonio no podemos olvidar su dimensión económica. Como se apuntó anteriormente, la conservación y puesta en valor de los bienes culturales es costosa, pero estos también son capaces de dinamizar gran cantidad de rentas y de generar un número significativo de empleos, teniendo un fuerte impacto económico sobre el territorio. De este modo, la presencia de tantos y tan excepcionales recursos en nuestra comunidad constituye un importante puntal para la actividad turística y una más que sugerente oportunidad de negocio.

En el caso de Andalucía, este segmento atrae cada año a más de cinco millones de turistas, los cuales generan unos ingresos de casi 2.000 millones de €. A esto habría que añadir el resto de viajeros que vienen motivados por otro tipo de recurso pero que también realizan consumos culturales durante su estancia. Además, el perfil de los visitantes de esta tipología suele tener una alta cualificación, es más respetuoso con el entorno e incurre en un gasto medio diario de 77 €, muy superior al del resto. Unas cifras nada desdeñables y que nos apuntan a la dimensión de este fenómeno.

 No obstante, hay que reconocer que a lo largo de esta relación entre turismo y patrimonio, que se ha intensificado en los últimos 50 años desde que allá por la década de los sesenta la comercialización turística de los bienes culturales comenzara a tener cierta relevancia, han existido fricciones y desajustes, cuando unos quieren más y otros ofrecen menos. Por un lado, se ha pretendido hacer un uso indiscriminado de los recursos culturales, ignorando su fragilidad y corriendo el riesgo de acabar con 'la gallina de los huevos de oro'. Por otro lado, se ha demonizado al turista tratándolo como un elemento molesto que pululaba con ninguna sensibilidad por espacios de incalculable valor. Por suerte, este escenario se ha dejado atrás y el dialogo empieza a fluir, estableciéndose un marco de cooperación y respeto mutuo.

Y es ahora cuando empieza a adquirir mayor valor la sostenibilidad en la gestión patrimonial, que radica en hallar un equilibrio entre los efectos que genera la presencia de turistas, paliando los negativos, potenciando los positivos y aprovechando las posibles sinergias que se puedan dar.  Actualmente, se han sentado unas bases sólidas de entendimiento, lo suficientemente estables como para afrontar los difíciles retos que se van a presentar en los próximos años. Hay que seguir profundizando en el fomento de canales de comunicación y lugares comunes de gestión entre el ámbito del turismo y el patrimonio, porque solo así se podrá definir un nuevo modelo de uso  sostenible de los bienes culturales. Este es el gran desafío y la gran necesidad.

Abordar este reto es lo que va a permitir preservar el legado histórico y monumental a la vez que garantizar el derecho de acceso a estos bienes de una demanda creciente. Abordar este reto es lo que va a permitir poner en valor muchos más recursos culturales de nuestra comunidad, procurando un retorno de la inversión para la Administración y ofreciendo oportunidades de negocio para la población local. Abordar este reto es lo que va a permitir que turismo y patrimonio lleguen a consolidarse definitivamente como un binomio fructífero.  

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