El legado andalusíRevista digital de la Fundación Pública Andaluza El legado andalusíaño XIII (2012)
Mapa de la Guerra de África

Pedro Antonio de Alarcón en la Guerra de África (1859-1860)

Antonio Rodríguez Profesor de Lengua Castellana y Literatura

...mi niñez en las ruinas de alcázares, mezquitas y alcazabas...

¿Guerra con el pueblo marroquí? Lo árabe es consustancial a Pedro Antonio de Alarcón. A él  le gustaba autodefinirse como un “moro bautizado”. Pedro Antonio de Alarcón presumía de  sentirse parte de un pueblo de  “semi-africanos”. Se siente identificado con la cultura musulmana, cuando confiesa que “Nacido al pie de Sierra Nevada, desde cuyas cimas se alcanza a ver la tierra donde la morisma duerme su muerte histórica; hijo de una ciudad que conserva clarísimos vestigios de la dominación musulmana, habiendo pasado mi niñez en las ruinas de alcázares, mezquitas y alcazabas, y acariciado los sueños de la adolescencia al son de cantos de los moros, natural era que desde mis primeros años me sintiese solicitado por la proximidad del África”.  Muestra entusiasmo por el pasado morisco de su pueblo e invita a su público madrileño a conocerlo: “Id allá y os asombraréis, como yo, de que en España existan todas las maravillas de África”.  Su infancia “era la visión oriental que a mí me había sonreído a lo lejos, siempre que fui a conversar con lo pasado en las alcazabas y palacios moriscos de Guadix  y Granada”. En su niñez buscaba tesoros debajo de las cañerías de Guadix (“Me he arrastrado como una serpiente por cañerías morunas buscando tesoros”, Diario de un madrileño, 1858). Pedro Antonio de Alarcón usaba en Granada, como miembro de La Cuerda Granadina el seudónimo de Alcofre; más tarde, en el primer periódico en el que colaboró en Madrid, El Látigo, utilizó el de El Zagal; y algunas de sus poesías satíricas llevaban la firma humorística de Al-Arcón ben al-Arcón. Son continuas sus muestras de identificación con lo árabe, y se mantendrán a lo largo de toda su amplísima obra futura.

Terminado el verano, Pedro Antonio de Alarcón regresa a Madrid. Allí se pone al día de los acontecimientos, que se han ido precipitando hacia un desenlace fatal. Toda la prensa, la gubernamental y la de la oposición clama a favor de la intervención armada.  El gobierno consigue el necesario compromiso de abstención de las potencias europeas. Por fin, se declara  oficialmente la guerra en sesión de Cortes del 11 de octubre, con el apoyo de todos los partidos de la Cámara y la única oposición del diputado conservador Alonso Martínez.  Se calcula que la campaña durará cincuenta días y se presupuestan sesenta millones de reales de gastos. Se equivocan, pues la duración total de la campaña será de ocho meses y el desembolso del Tesoro será de 230.000.000 de reales. Pedro Antonio de Alarcón asiste el 7 de noviembre a la solemne partida hacia el frente, desde la estación de Atocha, del recién nombrado general jefe de la campaña, el presidente de gobierno, don Leopoldo O'Donnell.

Desde toda la prensa se alienta la intervención, obviando el motivo concreto que ha desencadenado el conflicto, y apelando a otras causas: la defensa de la raza y de la religión, los intereses comerciales, el prestigio de la nación ante las potencias europeas; incluso hay quien apela al testamento de Isabel la Católica. Por supuesto, los principales periódicos envían corresponsales de guerra, como Gaspar Núñez de Arce para La Iberia y El Constitucional, Peris Mencheta para La Correspondencia de España y El Mercantil de Valencia, Carlos Iriarte para El Mundo Ilustrado o Juan Pérez Calvo para la Discusión. La reina, emulando a Isabel la Católica, pone a disposición del ejército sus joyas, si ello hiciere falta.

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