El legado andalusíRevista digital de la Fundación Pública Andaluza El legado andalusíaño XIII (2012)
Tabula Rogeriana, 1154 - Bibliotheque Nationale de France (MSO Arabe 2221)

Al-Idrisi y el Libro de Roger

Frances Carney Gies Escritora, especialista en temas medievales

El Libro de Roger

El libro que acompañaba el gran planisferio de plata era aún más extraordinario. La primera “geografía general” medieval, que ofrecía la descripción más elaborada del mundo que se produjo en la Edad Media, el Libro de Roger, acometió la ardua tarea de describir de manera sistemática el mundo habitable, empezando por la primera sección del primer clima del principal meridiano de Ptolomeo, las Islas Canarias. Éste iba de oeste a este y del sur al norte a través de cada una de las diez secciones de los siete climas. Cada sección se abría con una descripción general de la región, continuaba con un listado de las ciudades principales y luego con un detallado relato de cada ciudad, y con las distancias entre ciudades: “De Fez a Ceuta, en el estrecho de Gibraltar, dirigiéndose hacia el norte, siete días. De Fez a Tlemecén, nueve días, siguiendo este itinerario: desde Fez gire hacia el gran río de Sebou...”.

La primera división del primer clima comenzaba en el Mar del Oeste, el “Mar de las Tinieblas”. “En este mar hay dos islas llamadas las Islas Afortunadas... Nadie sabe si existe tierra habitable más allá de ellas”. Al sur, al-Idrisi describía un gran río, “El Nilo de los Negros”, una mezcla del Senegal y el Níger, que fluía desde el oeste de África Central hasta el Atlántico. Vía este río se llevaba a cabo el comercio de la sal con Sudán. Al-Idrisi describió la ciudad perdida de Ghana (cerca de Tombuctú, en el Níger) como “el centro de comercio más importante, el más densamente poblado de los países de los Negros”. En la sección IV de este primer clima, al-Idrisi situó las fuentes del Nilo en una posición más o menos correcta, aunque en ese momento el “Nilo de los Negros” estuviese representado al lado del “Nilo Egipcio”.

Al-Idrisi ofreció una detallada descripción de España, donde había pasado sus años de estudiante. Hacía grandes elogios de Toledo, "con su fortaleza defensiva, sus maravillosas murallas y su ciudadela tan bien guarnecida. Pocas ciudades pueden compararse en cuanto a la solidez y altura de sus edificios, la belleza de la campiña circundante y la feracidad de sus campos regados por el Tajo. Los jardines de Toledo están entrelazados por canales sobre los que se erigen norias para irrigar los huertos, que producen una cantidad prodigiosa de frutos de una calidad y belleza que no se puede explicar. A ambos flancos existen unos terrenos maravillosas y castillos bien fortificados".

Sicilia, como es natural, merecía un elogio especial: era “la perla de la época”, y al-Idrisi contaba la historia de la conquista normanda de la isla por Roger d’Hauteville –“el más grande de los príncipes francos”– a la que siguió la sucesión de “el gran rey que lleva el mismo nombre y que sigue sus mismos pasos”.

Cada área tenía su propio encanto. En Rusia, los periodos de luz invernal eran tan cortos que apenas si había tiempo para que los viajeros musulmanes realizaran las cinco oraciones obligatorias diarias. Los noruegos tenían que cosechar el grano todavía verde y madurarlo en el hogar de sus casas “ya que el sol brilla en ellos muy rara vez”. En cuanto a Gran Bretaña,  “está en el Mar de las Tinieblas. Es una isla de tamaño considerable, con la forma de una cabeza de avestruz, y donde florecen ciudades, hay montañas altas, ríos grandes y llanuras. Es el país más fértil, sus habitantes son valientes, activos y emprendedores, pero el país entero está asolado por un perpetuo invierno”. Al-Idrisi nombraba muchas ciudades inglesas, puertos, en su mayoría, con las distancias que había entre ellas. Hastings “era una ciudad importante, densamente poblada, con numerosos edificios, mercados y una gran actividad industrial y comercial”; Dover hacia el este, era “una ciudad igualmente importante” no muy lejos de la desembocadura del ancho rio de Londres, el Támesis, que fluye con velocidad. Sin embargo, a Londres se la menciona simplemente como una ciudad del interior.

También se describieron ciudades de Francia, de nuevo haciendo más hincapié en los puertos, en especial los de Bretaña y Normandía; pero también aparecían las ciudades del interior: Tours, tanto antes como ahora,  un centro vinícola “rodeado por numerosos viñedos”; Chartres, un mercado agrícola (aún no se había construido su famosa catedral); Meaux, “en el centro geográfico de Francia” Bayeux, Dijon, Troyes, Le Mans y muchos más. A Paris (Abariz) se le mencionaba con cierta condescendencia, como una ciudad “de tamaño insignificante, rodeada de viñedos y bosques, y que está situada en una isla sobre el Sena, que la rodea por todas partes”; sin embargo, “es sumamente agradable, potente y con posibilidad de defensa”. 

El impresionante montaje de los hechos que se desprendían de los relatos de los viajeros y  los pasajes geográficos se veía interrumpido cada cierto tiempo por fábulas, unas veces procedían directamente de Ptolomeo, otras del folclore popular. Según el Libro de Roger, el  Estrecho de Gibraltar aún no existía cuando Alejandro Magno –según sostenía una leyenda medieval–  invadió España.  Como los habitantes de África y Europa estaban continuamente en guerra, Alejandro decidió separar los continentes mediante un canal, entre Tánger y al-Andalus (en el sur de España). El Atlántico irrumpió en él,  inundó la tierra, elevándose así el nivel del Mediterráneo.

Roma, según al-Idrisi, ostentaba una magnificencia oriental; los barcos cargados de  mercancías navegaban por el Tíber, “que eran remolcados con su carga, río arriba, hasta las mismas tiendas de los comerciantes”. Había 1.200 iglesias; las calles estaban pavimentadas con adoquines de mármol azul y blanco. En una maravillosa iglesia había un altar con esmeraldas incrustadas, que estaba sostenido por doce estatuas de oro puro, con ojos de rubí. Y el “príncipe” de la ciudad, escribió, “es llamado El Papa”.

Cuando en el 1154 al-Idrisi presentó a su patrón el planisferio, una esfera celestial de plata y el libro, apenas faltaban unas semanas para que muriera Roger, a los 58 años, probablemente de un ataque al corazón. Entonces al-Idrisi siguió trabajando en la composición de otra obra geográfica para el hijo de Roger, Guillermo I, su sucesor. Se dice que este trabajo era más extenso que el anterior, pero sólo han sobrevivido algunos extractos.

No obstante, en el año 1160 los barones sicilianos se rebelaron contra Guillermo, y en el curso de los tumultos saquearon el palacio y encendieron una gran pira en el patio donde arrojaron los registros del gobierno, los libros y los documentos –incluida una versión nueva en latín del Libro de Roger que al-Idrisi había regalado a Guillermo–. Del mismo modo, desaparecieron el planisferio y la esfera celestial. Por lo visto, se cortaron en trozos y se fundieron.

Al ser atacados los musulmanes de Sicilia por los barones con una brutalidad excepcional y asesinando a muchos, entre otros al famoso poeta llamado Yahya ibn al-Tifashi,  al-Idrisi  huyó al Norte de África donde moriría seis años más tarde.

Pero gracias a que se llevó consigo el texto en árabe, su gran obra siguió viva, y ganó una fama trascendental, sirviendo como modelo, durante siglos, para geógrafos e historiadores del mundo musulmán, además de proporcionar al historiador Ibn Jaldún prácticamente todos los conocimientos que adquirió sobre geografía.

Sin embargo, no estaba disponible en Europa. Aunque el Libro de Roger en versión árabe se publicó en Roma en el año 1562 por la imprenta Medici, en Europa no se pudo encontrar en versión latina hasta el siglo XVII. En 1400, por lo tanto, Cristóbal Colón tuvo que confiar en otras fuentes de información. Utilizó un globo que le preparó un cartógrafo alemán que se llamaba Martin Behaim y que estaba fundado en los errores de cálculo de Ptolomeo. Colón añadió también los cálculos erróneos de las distancias, de modo que llegó a la conclusión, incorrecta, de que si navegaba al oeste de España podría llegar a Japón o la India, a una distancia de viaje de no más de 4.000 millas.

Es curioso pensar que si Colón hubiera sido consciente de la verdadera distancia –según el cálculo de al-Idrisi– tal vez hubiera dudado en realizar aquel viaje que hizo época y no habría descubierto aquel nuevo mundo, que apareció una mañana en el lejano horizonte del “Mar de la Tinieblas”.

Traducción: Ana Carreño Leyva
Artículo publicado gracias a la colaboración de la revista Saudi Aramco World

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