El legado andalusíRevista digital de la Fundación Pública Andaluza El legado andalusíaño XIII (2012)
Tabula Rogeriana, 1154 - Bibliotheque Nationale de France (MSO Arabe 2221)

Al-Idrisi y el Libro de Roger

Frances Carney Gies Escritora, especialista en temas medievales

La gran obra de al-Idrisi

Por último, terminaron el extenso estudio preliminar para dar paso a la cartografía. Bajo la dirección de al-Idrisi se realizó en primer lugar un borrador de trabajo en una pizarra, donde se ubicaron los lugares en el mapa por medio de brújulas, siguiendo las tablas que se habían preparado previamente. Luego fabricaron un gran disco de casi 80 pulgadas, que pesaba más de 300 libras, y que confeccionaron en plata por su maleabilidad y permanencia.

Al-Idrisi explicó que lo que el disco venía a simbolizar era simplemente la forma del mundo: “La tierra es redonda con una esfera, y las aguas se  adhieren a ella y se mantienen en ella por un equilibrio natural que no sufre variación”. Permanecía “estable en el espacio lo mismo que la yema en un huevo. El aire la rodea por todas partes... todas las criaturas se mantienen estables en la superficie de la tierra, el aire atrae lo que es ligero y la tierra lo pesado, lo mismo que un imán atrae el hierro”. Tal y como sugieren sus comentarios, al-Idrisi creía que el mundo era redondo. Pero no fue el único. Al contrario de la  falsa creencia popular de que hasta los tiempos de Colón la tierra era plana, eran muchos los estudiosos y astrónomos que, desde al menos el siglo V a. C, pensaban que la tierra era un globo. En el siglo III a.C. el astrónomo de Alejandría Erastótenes midió un grado de la circunferencia terrestre con una sorprendente precisión, alcanzando una cifra con un margen de error del 1.7 o del 3.1 por ciento. (La variación que presenta su error se debe a que en nuestros días se desconoce la longitud exacta de la medición que utilizó). Cuatro siglos más tarde, Ptolomeo hizo un cálculo estimado de la circunferencia con mucho menos éxito –a casi el 30 por ciento menos de su verdadera extensión. En el siglo IX setenta estudiosos musulmanes, que trabajaban bajo el mecenazgo del califa al-Ma'mun, se reunieron en el desierto de Siria para determinar la longitud de un grado de latitud. En lugar de confiar en las suposiciones que ofrecían los viajeros sobre la distancia, como habían hecho los astrónomos anteriores, lo que hicieron fue utilizar varillas de madera para medir el camino que recorrían hasta que veían un cambio de un grado en la elevación de la estrella polar. Su cálculo arrojó como resultado de la circunferencia terrestre  de 22.422 millas un error del 3,6 por ciento, casi la misma precisión que logró la estimación de Eratóstenes, y un gran avance sobre la de Ptolomeo.

En tiempos de al-Idrisi, los astrónomos árabes habían hecho grandes progresos en el cálculo de la latitud (la longitud siguió planteando problemas hasta el siglo XVII). Los geógrafos árabes rectificaron algunos de los errores que habían cometido Ptolomeo y otros científicos griegos. El matemático al-Juarizmi redujo la longitud del Mediterráneo que Ptolomeo estimaba entre 62 y 52 grados; el astrónomo hispano-musulmán al-Zarqali ajustó más la cifra a la correcta: 42. Otros estudiosos musulmanes, como el astrónomo iraquí al-Battani y el persa al-Biruni, confeccionaron unas tablas que reflejaban las latitudes de las ciudades más destacadas.

El mismo al-Idrisi ofreció tres medidas de la circunferencia de la tierra, sin tomar partido por ninguna: la estimación correcta aproximada de Eratótenes, una cifra ligeramente menor que procedía de los astrónomos de la India, y un número todavía menor –aunque mayor que el de Ptolomeo– con el que parece que estaban de acuerdo los estudiosos sicilianos.

Pero la cartografía, no obstante, seguía en estado primitivo. Aunque Ptolomeo había debatido acerca de pronósticos diferentes, el problema de aplanar la superficie de una esfera para que se pudiera representar en un mapa no se resolvió hasta los siglos XVI y XVII –la Era de las Exploraciones– y ninguna era tampoco entonces satisfactoria. El gran geógrafo Gerardus Mercator comentó “Si queréis navegar de un puerto a otro, aquí tenéis una carta de navegación... y si la seguís con atención lograreis llegar con seguridad al puerto de destino... Podéis llegar antes o puede que no lleguéis tan pronto como esperabais, pero lo que es seguro es que llegaréis”. El disco de plata, “o planisferio” de al-Idrisi, constituía un pronóstico bastante más avanzado que otros de su tiempo.  

Según relato del propio al-Idrisi, unos “obreros muy cualificados” habían practicado en el disco unas incisiones lineales que demarcaban los siete climas del mundo habitado,  divisiones que de manera arbitraria estableció Ptolomeo de este a oeste y que estaban delimitados por los paralelos de latitud, desde el Ártico al Ecuador. Se creía que por debajo del Ecuador había una zona meridional templada, aún sin explorar,  que estaba separada del más conocido norte por un área infranqueable de calor mortal. Los plateros, siguiendo el borrador de un bosquejo que le facilitó al-Idrisi, trasladaron al planisferio los contornos de los países, océanos, ríos, golfos, penínsulas e islas.

Como anexo al mapa de plata, al-Idrisi preparó para Roger un libro que contenía la información que reunieron los geógrafos, y que se titulaba  "Nuzhat al-Mushtaq fi Ikhtiraq al-Afaq" (Deseo del que anhela ardientemente recorrer el mundo) o más sencillamente al-Kitab al-Ruyari (El Libro de Roger). El texto contenía 71 mapas parciales, un mapa del mundo y setenta mapas con secciones de itinerarios que representaban los siete climas, cada uno de ellos divididos longitudinalmente en diez secciones.

Los geógrafos contemporáneos han intentado reconstruir los rasgos del planisferio de plata combinando los mapas del Libro de Roger, del que han sobrevivido varios textos, y sus tablas de longitudes y latitudes. De su reconstrucción resulta evidente que, al igual que Ptolomeo, al-Idrisi se imaginaba que el mundo habitable ocupaba 180 de los 360 grados de la longitud del globo terrestre, desde el Atlántico, en el Oeste, hasta China en el Este, y 64 grados de su latitud, desde el Océano Ártico hasta el Ecuador. El planisferio mostraba las fuentes del Nilo –que hasta el siglo XIX no habían sido exploradas por los europeos, y que era evidente que en el siglo XII ya eran conocidas por los viajeros musulmanes– y las ciudades del centro de Sudán. El área del Báltico y Polonia estaban representadas de forma mucho más detallada que en los mapas de Ptolomeo, dejando patente el resultado de las investigaciones de los geógrafos. Al igual que las Islas Británicas que también las trataron de un modo extraordinariamente ilustrado, seguramente debido a los contactos entre la Inglaterra normanda y la normanda Sicilia. Hay una cuestión meramente subjetiva que se desprende del hecho de que el Sur se representa con mayores dimensiones que el Norte, y que Sicilia ocupaba una parte importante del oeste del Mediterráneo, al contrario que Cerdeña y Córcega, cuya escala aparece disminuida. No resulta extraño que la mejor parte, tanto del mapa como del texto, por fiel y detallado, trate de la misma Sicilia.

Pese a las distorsiones, omisiones y errores, la superioridad del mapa de al-Idrisi respecto a los mapas medievales europeos es sorprendente. Al contrario que en los pintorescos y curiosos mapas de los estudiosos cristianos, carentes casi por completo de información, los rasgos geográficos de Europa, el norte de África, Oriente Medio son fácilmente reconocibles en la representación que hace al-Idrisi: Gran Bretaña, Irlanda, España, Italia, el Mar Rojo y el Nilo.

Conoce todos los articulos de
Frances Carney Gies