El legado andalusíRevista digital de la Fundación Pública Andaluza El legado andalusíaño XIII (2012)

La imagen de la mujer del Mediterráneo en el mundo del arte: Puentes de plata

Asunción Jódar Miñarro Profesora Titular del Departamento de Dibujo de la Universidad de Granada

Pepa Mora Sánchez Licenciada en Bellas Artes, especialista en arte contemporáneo

SUICIDIO, Pepa Mora 2012. Fragmento. Lápiz sobre papel. Mural original 302 x 28 cm.
“ (…) La idea de un comienzo, el acto de comenzar implica necesariamente un acto de delimitación, un acto por el que algo se separa de una gran masa de material y se extrae de ella para que represente y sea un punto de partida, un comienzo (…)”. [1]

Edward W. Said se refiere al comienzo de la definición histórica y cronológica del Orientalismo, un término que podemos sintetizar en la búsqueda de lo Otro, de la Otredad, de lo exótico y lo desconocido. Una corriente de pensamiento en sí, que se manifestó en la literatura de Flaubert con su Salomé o en los cuadros de Ingres a través de harenes con humo de narguile y perfume de mujer. Una corriente masculina, hegemónica y discursiva.

Después de la muerte de Mahoma en el año 632, la hegemonía militar, religiosa y cultural del Islam creció enormemente. Después de Persia, Egipto, Siria, Turquía y el norte de África, le llegó el turno a Francia, Sicilia y España. Esta expansión acabó en el siglo XIV, después de introducir en el Islam a China, India e Indonesia. Europa respondió con terror y miedo hacia la amenaza invasora, las fronteras se hicieron más altas, las murallas más perfectas, la multiculturalidad un trauma. En el siglo XIX el orientalismo, como un ejercicio depurativo y de representación de lo exótico, empezó a dibujar harenes de ensueño para una masculinidad no resuelta, para un Freud no nato.

La imagen de la mujer, siempre ella, sin embargo sin ella.

Porque de un lado está el país en sí: los desiertos, su inmensidad y su libertad, la fina arena de polvo de muertos y estrellas con su certeza, el sol que quema y las dunas, los oasis, las telas blancas de las jaimas que bailan con el viento, aguas subterráneas, canteras, las sirenas de siete velos, leyendas, la aventura, la embriaguez y su resaca; de otro, el harén, la cápsula, la animalidad no compartida, las revistas de occidente y la mezcla de tela y esperma. Este podría ser el resumen de la conciencia oriental femenina desde occidente, pero hay otra conciencia, quizás más cálida y sublime: la de la mujer de las dos orillas, la mujer mediterránea, la que está vestida de azul y verde, con hojas de olivo en el pelo, con pintura de henna en las manos. Y sin hacer esfuerzo adivino que soy yo. Que somos la misma. Pienso entonces en una artista que reconstruye estas identidades, o lo intenta…Con los ojos fijos en la luz del escenario, pisando el aire, con pasos firmes y oblicuos entró por la puerta de la sala de conferencias. El tono de su voz comenzó pacífico y fue haciéndose monótono y contundente.

Neshat nació en Irán en 1957, con diecisiete años se fue exiliada de Irán para estudiar en Berkeley, no pudo volver hasta los años noventa, fue entonces cuando la profunda transformación de su país hizo madurar en ella nuevas preocupaciones intelectuales y artísticas que la llevaron a la fama (serie de fotografías Women of Allah) a una fama relativa, claro. Poco a poco fue desarrollando su trabajo como videoartista (Turbulent, Rapture y Fervor) y en 2009 ganó el León de Plata al mejor director en el Festival de Venecia por Women without men. En la película se cuenta la historia de cuatro mujeres muy diferentes que viven el golpe de estado de Irán en 1953, es una adaptación de la novela homónima de la iraní Shahrnush Parsipur.

En el Tambor de Hojalata de Günter Grass (1959), la madre de Oscar, comía y masticaba sardinas sin parar, era, creo, una forma de comerse toda su pena, masticarla, materializarla y así poder tragarla, comer y tragar, masticar y saborear, o lo que es lo mismo: aguantar, resignarse y cotidianizar el dolor en forma de sabores y olores. Cuando el sabor que necesitamos digerir es siempre el mismo, el dolor y la lágrima están irremediablemente enquistados, quizás para siempre. Quizás los trastornos alimenticios encierran traumas, deseos, frustraciones o identidades impuestas. La pena no puede tragarse, tampoco el sufrimiento o la ansiedad. El rastro que queda del intento es como el espacio duro y transparente que queda entre dos imanes que se atraen, es la misma inmaterialización de viaje astral que nos da al andar por una avenida en la que no hay casi espacio para respirar o cuando desde lo alto de una cuesta observamos un atasco, la misma sensación que nos da al observarnos desde fuera paseándonos ante nuestros ojos, siendo otros, sin ser nosotros. ¿Y si toda esta reflexión solo fuese una pincelada del personaje más impactante de Women without men?

Pero también se pueden reconstruir identidades en torno a la mujer euroárabe o mediterránea en obras como El niño crece y el pelo crece: mi llanto es por ti tú que habitas el polvo. Asunción Jódar (2000) o La familia. Asuncion Jódar (1999):

(…) recomendaba Leonardo como obligada para la creación artística la observación del tema a representar. Sin embargo, la observación de las mujeres musulmanas y la privacidad de su mundo interior, sólo permite intuir lo desconocido: mensajes indescifrables, en muchas ocasiones, y en otras con una profundidad tal que invalida, excluye o anula cualquier visión periférica, cualquier observación exterior. Para llenar este desconocimiento, el modelo para la creación no puede ser otro que, las propias experiencias y recuerdos, y sobre todo, los propios sueños, ecos del pasado que aportan espacios comunes de diálogo. El modelo es, por tanto, cualquiera de nosotras. “ [2]

Es necesario buscar entre el recuerdo familiar y colectivo la representación de la mujer, de sus maternidades, de las imposiciones masculinas, para llegar a la conclusión de una identidad, de una genética cultural homóloga, y por eso se encuentra. Coser, dibujar y pintar. Dibujar y pintar imaginando y recomponiendo piezas gastadas, olvidadas e inventadas, y coser como acto costumbrista, tarea cotidiana para muchas mujeres libres o sin ella que tejen sus pañuelos, vestidos y abrigos. Este acto de herencia femenina, considerado meramente funcional o artesano, peyorativamente, está también presente en la obra de numerosas artistas del siglo XX. Artistas reconocidas como Louise Bourgeois, y artistas outsider, las que llegaron y las que podrían haber sido.

Vestirse o atuendarse es un estado y una acción de reafirmación personal entre otras muchas cosas. Tejer es envolver, cubrir, unir, hilar, continuar, perfilar, atravesar, rodear, meditar, separar, descoser. El tejido como terapia en Louise Bourgeois (1911-2010) y el gesto repetitivo sin titubeos, con hilos, mediante el cual Judith Scott (1943-2005) envolvía una y otra vez estructuras secretas hechas, tal vez, de paraguas, zapatos o cartones, nos recuerdan que lejos de ser un "arte de mesa camilla", tejer es un lenguaje pleno y complejo.

Una de las primeras propuestas en las que tejer es parte del proceso y de la obra al mismo tiempo es la que hace Hedwig Willms (1874-1915) con hilo grueso de algodón en Tray with Coffee Pot and Milk Jug. Esta artista outsider se anticipó al surrealismo de Meret Oppenheim (1913-1985). Marguerite Sirvins (1890-1957), además de su famoso vestido de novia, cosido con hilos arrancados de sus propias sábanas, confeccionaba bordados en los que representaba escenas familiares o de su vida privada con niños como protagonistas. Marie Lieb (nacida en 1894), por su parte, ni siquiera necesitaba coser o bordar, no utilizaba la aguja, cortaba trozos de telas viejas y dibujaba en el suelo gigantescos mosaicos decorativos que luego destruía. Esta necesidad de ocupación del espacio la vemos ahora con Sarah Applebaum, aunque ella sí que utiliza agujas. Dibujar y pintar para inventar identidades es lo que se puede hacer. En obras como Suicidio.

Las identidades aparecen como cualidades que no siempre son cómodas o mejor dicho, que casi nunca son cómodas.

Una artista no pide permiso, pero el encuentro con su arte, con su identidad particular, está determinada, mejor dicho se la determinan, y eso ocurre en las dos orillas, Europa y el mundo árabe, debajo del hiyab o fuera de él.

[1] SAID, Edward W. (1997): Orientalismo. Barcelona, Mondadori 2007. P. 39.

[1] JÓDAR, Asunción (2005): Genéticas Homólogas. Granada, Fundación Euroárabe de Altos Estudios. Catálogo de exposición. P. 33.

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