El legado andalusíRevista digital de la Fundación Pública Andaluza El legado andalusíaño XIII (2012)

Dulce sabiduría

Ana Carreño Leyva Directora Revista El legado andalusí

Simbólica abeja

El origen mítico de la abeja apunta siempre a su naturaleza divina; en la floreciente época de la pax romana bajo mandato de Augusto (siglo I a.C.), Virgilio produce las famosas Geórgicas –que fue mucho más que un tratado de agricultura– donde se refiere a las productoras de “la miel áurea” como un “regalo de cielo”, haciéndose eco de su prodigiosa existencia a través de los relatos de la mitología griega, en este caso de la leyenda de Orfeo y Eurídice. Para los antiguos egipcios las lágrimas del dios Ra se convirtieron en abejas cuando éstas rodaron por tierra, y una vez se fabricaron sus panales, comenzaron a producir miel. Este pueblo de la antigüedad tomó a la abeja como el símbolo que aunaba la dualidad de lo divino y lo humano, pues creían que representaba tanto el alma como la materia de la que está hecha el hombre. Los hindúes representan a Krishna portando una abeja sobre la frente. Melisa (palabra de origen griego que hace a alusión a la miel) fue sacerdotisa de la diosa griega de la agricultura, Deméter.


Pero podemos comprender aún mejor el extraordinario poder simbólico de la abeja cuando la encontramos representada en escenas trascendentales de la historia: unas veces asociada a la taumaturgia de los pueblos, otras al poder terrenal, y sobre todo al aspecto místico. Basten sólo unos ejemplos para ilustrar lo que nos indican uno y otro de estos últimos aspectos. En cuanto a la alegoría del poder terrenal podemos recurrir a un personaje como Napoleón, para el que la abeja era la divisa perfecta del poder imperial. La abeja aparecía –junto con la flor de lis– por todos lados, desde el manto que usó en su coronación, hasta en la decoración de tapices y otros enseres de palacio.

En relación con el aspecto más trascendental del hombre, este insecto asombroso aparece representando la vida más allá de la muerte desde los albores de la humanidad. En el siglo XIII, el poeta y místico persa Rûmi, representaba la vida espiritual usando como metáfora del cuerpo humano la colmena, donde están la miel y la cera –símbolos del amor de Dios– y las abejas que, una vez cumplida su misión, la abandonan, dejando en ella la cera y la miel.

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