El legado andalusíRevista digital de la Fundación Pública Andaluza El legado andalusíaño XIII (2012)

Al-Mutamid. Un político detrás del poeta

Iñigo Bolinaga Irasuegui Licenciado en Historia y titulado en Estudios Avanzados de Historia Contemporánea

Mausoleo de rey sevillano a-Mutamid, que murió en el exilio, en Marruecos, en la pequeña localidad de Agmat, en las proximidades de Marraquech. ©Xurxo Lobato
“Tumba del Extranjero
Tú que te apropias de los restos
resecos de Ibn Abbad
¡Que las nubes que pasen nunca te rieguen!”

Epitafio de la tumba de al-Mutamid en Agmat (Marruecos)

La leyenda cubre de brumas la vida al-Mutamid, el rey-poeta de Sevilla, un hombre cuya vida ha quedado oculta tras una gruesa capa de romanticismo. No es para menos: la tradición dibuja al último soberano de la dinastía abadí como un talentoso poeta capaz de apreciar hasta el extremo las delicias de la lírica, tanto que mediante ella fue intelectual y carnalmente seducido por su preceptor y visir, así como por una esclava de quien se enamoró perdidamente y convirtió en su esposa. Su trágico final, encerrado en una celda a cuarenta kilómetros de Marrakech, favoreció la biografía de un personaje tan proclive a la mitificación. El rey-poeta, el monarca sensible que nutrió su corte con los más importantes literatos del Islam occidental, aquel que terminó sus días en la iniquidad, ha sido generalmente tratado más como un personaje de cuento que como un individuo real que gobernó la taifa más poderosa de su tiempo. Si bien es muy cierto que favoreció las artes y especialmente la literatura poética, en la que destacó como uno de sus más talentosos cultivadores, no es menos cierto que impulsó una política expansiva que le llevó a agrandar el territorio de la taifa sevillana por vía militar.

Muhammad ben Abbad al-Mutamid vino al mundo sobre el año 1040 en Beja, población del actual Portugal perteneciente entonces al reino de Sevilla, a pesar de que algunos han querido verle nacer en la capital. Tras la temprana muerte de su hermano mayor Ismail, ejecutado según parece por traición, se convirtió en el heredero de un gran reino que, debido a la política expansionista de sus antecesores, fundía el actual Algarve y gran parte del Alentejo con la Andalucía occidental. Como digno sucesor de tales designios, el nuevo monarca se encargó, entre poema y poema, de expandir sus territorios anexionando la taifa de Córdoba en 1070 -a cuyo frente colocó a uno de sus hijos, así como la de Murcia en 1079- dominando así todas las tierras del sur peninsular desde el Atlántico al Mediterráneo, a excepción de los reinos de Málaga, Granada y Almería. De la mano de al-Mutamid, Sevilla se transformó, de facto, en el mayor y más poderoso reino andalusí, con pretensiones de legitimidad para reconstruir el viejo Califato al albur de su expansión territorial. La conquista de Córdoba, una ciudad simbólica por haber sido el centro político del antiguo al-Andalus unificado, provocó la hostilidad de las dos fuerzas que corrían el riesgo de ser desplazadas: Toledo, cuyo rey al-Mamun ganó de forma efímera Córdoba a los sevillanos merced a la inestimable labor de un cadí llamado Ibn Ukkasha, y el reino bereber zirí de Granada, el gran rival de Sevilla. El rey-poeta, a quien la tradición ha hecho pacífico y hasta ajeno a cuestiones políticas, se muestra aquí como un gobernante muy terrenal, perfectamente engarzado en la tradición expansionista de una dinastía que desde sus orígenes pretendió que todo al-Andalus aceptara a un hombre de paja, dominado por los abbadíes, como legítimo heredero de los califas andalusíes. La ideología legitimista del fundador, Abú al-Qasim, fue siempre una de las líneas directrices de la política de al-Mutamid, así como una permanente e inveterada tensión racial que, como cabeza de una estirpe de origen árabe, mantenía contra los bereberes representados principalmente, como ha quedado dicho, por la dinastía zirí de Granada. La poesía de la corte sevillana jugó aquí un tortuoso papel con trasfondo político, en la intención de desacreditar a los reyes de Granada y a las dinastías bereberes en general. Ya fuera en forma de arma política o como evasión literaria, la poesía fue un elemento insustituible en la vida de al-Mutamid. Para vibrar de amor o de añoranza, para atacar a sus enemigos o, también, para recibir envenenadas andanadas como las que tuvo que soportar cuando su antiguo visir y confidente Abenamar, caído ya en desgracia, le escriba versos desde Zaragoza con intención de humillar al último rey de Sevilla.

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