El legado andalusíRevista digital de la Fundación Pública Andaluza El legado andalusíaño XI (2010)

El galerista de Van Gogh, buscador de oro en Granada

César Requesens-Moll Escritor y periodista

La fiebre del oro granadina, iniciada en 1850 duró cerca de 30 años tanto en la economía como en las mentes de los granadinos. En todo el mundo se había propagado por aquellos años como reguero de pólvora el hallazgo de inmensos yacimientos de oro en Alaska o California. En España, en tanto, se vivía esta locura colectiva en el interior de la provincia de Asturias y en los pueblos colindantes de Granada, donde llegaron a existir hasta 1849 minas en explotación (tal y como queda patente en los registros que aún se conservan en el Archivo Histórico Provincial de Granada). Empresas como La Nacional, la Aurífera Granadina o Don Rodrigo atrajeron capital hacia una Granada irreconocible cuyo renombre, ya de por sí elevado, comenzó a asociarse al rápido enriquecimiento.

París era por aquel entonces (1870) la capital del mundo. De ahí que hasta aquellos lares llegara el eco de la existencia de un yacimiento en el sur de Europa.

De algún modo París estaba ‘granadinizada’ por esas fechas. El imperio en las costumbres y las modas de la ciudad lo imponía la hija del conde de Montijo, Eugenia, esposa del emperador Napoleón III. En el terreno de las finanzas, el paso lo marcaba uno de los hombres más ricos de Francia, el marchante de arte Jean Adolphe Goupil. Si en su juventud había realizado algunos pinitos artísticos, las responsabilidades familiares pronto le convirtieron en un experto en arte que ‘fichaba’ (como si de empleados al uso se tratara) a los artistas de mayor renombre del momento: Fortuny (quien casualmente llegó a Granada en 1971 de viaje de bodas y permaneció en esta ciudad por espacio de dos años), Gêrome (que con el tiempo se convertiría en yerno del marchante) e incluso Vincent Van Gogh. Con todos ellos firmaba un contrato en exclusiva con la obligación de realizar cuatro copias de cada obra y cesión de la reproducción de los cuadros.

La relación de este último artista con el marchante no fue precisamente pasajera. Tanto Vincent como Teo Van Gogh habían entrado a trabajar cuando eran jóvenes para Goupil en su delegación de La Haya al asociarse el tío carnal de los Van Gogh (también llamado Vincent) con la empresa Goupil & Cía, que ya empezaba a utilizar el modelo de la franquicia, artística en este caso. De este modo, ambos hermanos viajaron a París y aprendieron el oficio de vender arte. Aunque, si Teo se adaptó bien a aquel trabajo, pronto se comprobó que el inestable Vincent Van Gogh sentía el arte más allá de las alegrías que podía proporcionarle a su bolsillo. 

La relación con los intereses de Goupil por parte de los Van Gogh continuó durante toda su vida a través de Teo. 

Goupil tuvo en vida todos los reconocimientos de la sociedad del momento. Nombrado por el emperador “Oficial de la Legión de Honor”, participó activamente en la vida social de la ciudad. Por ello, cuando decidió a lanzarse al negocio del oro, no tuvo más que comprar la participación que la propia Eugenia de Montijo tenía en alguna de las múltiples explotaciones abiertas en Granada por aquel momento, un lugar donde paradójicamente la mano de obra era más barata que en América, además de ser menor la distancia para realizar el transporte del oro hasta la central parisina del marchante. En agradecimiento por esta ‘información privilegiada’, Goupil le regalaría a la emperatriz Eugenia de Montijo unos vistosos pendientes de oro granadino, un regalo común para casos tan excepcionales como la corona que la Universidad y el Ayuntamiento de Granada le regalarían a la reina Isabel durante su visita a la ciudad en 1860, o la corona que la cultura granadina le entregó al poeta José Zorrilla. Sería el propio ingeniero del emperador, Guillemin Tarayre, quien, después de años de experiencia en las minas de oro americanas, sería trasladado a Granada para, con un capital de 10 millones de francos de la época (equivalentes a unos 10 millones de euros actuales) comenzara la compra y explotación de la mina. Desde el barranco de Doña Juana, en el centro de Huétor Vega, hasta el Cerro del Sol e incluso Cenes, compró Goupil tierras para realizar la extracción masiva que dio comienzo en 1975. La necesidad de agua en grandes cantidades se solucionó con la construcción del hoy conocido como Canal de los Franceses, dieciséis kilómetros de conductos y acueductos que traían el agua desde Sierra Nevada. Cientos de obreros, un campamento minero ocupando la actual Lancha del Genil, la construcción de oficinas (aún visibles en el barrio) e incluso, el levantamiento de un imponente palacio con regusto arabizante (y puerta original del siglo XV) son vestigios que aún hoy permanecen de la presencia del francés en la zona.

Sin embargo, si bien todos los cálculos empresariales encajaban, un detalle se le escapó al empresario que había puesto a Francia a sus pies. El factor humano local. Al poco de comenzar a utilizar grandes cantidades de agua para la explotación de la mina, una lluvia de pleitos calló sobre la empresa francesa, interpuestos por los regantes de la cuenca del Genil que, decían, veían mermado el caudal del río y del agua para sus cultivos en beneficio del francés. Cinco años hubo de detenerse la explotación hasta que la justicia se pronunciara. Cuando finalmente lo hizo (1875) los costes de la aventura granadina ya se habían disparado y, además, no se encontraba la cantidad de oro inicialmente prevista.

La razón de esta falta de oro podría residir, apuntan algunos estudiosos de la materia, en que si la capa de sedimento aurífero alcanza los 200 metros de profundidad, en los dos años que tuvo lugar la explotación efectiva de la mina, no se realizó más que un lavado en superficie, y sólo cuando ya estaba próximo el final de la empresa, se inició la extracción bajo tierra. Pero para entonces ya la proporción entre ingresos y gastos era enormemente deficitaria, motivo por el cual el francés decidió abandonar su sueño dorado en Granada para volver a París, donde moriría a los pocos años (1893).

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