El legado andalusíRevista digital de la Fundación Pública Andaluza El legado andalusíaño XI (2010)

Más allá de las Columnas de Hércules

Paul Lunde Historiador y arabista

“En el punto donde confluyen el Mediterráneo y el Océano Atlántico se encuentran los faros de piedra y bronce que construyó el gran rey Hércules. Cubiertos con inscripciones, y coronados por estatuas, parecen querer decir: Más allá de aquí no hay nada, más allá de aquí no existe paso para aquellos que se introduzcan en el Océano desde el Mediterráneo. Ningún barco puede adentrarse en el océano, donde existen tierras en las que no vive nadie y son la morada de animales salvajes. Dónde empieza y dónde acaba es algo incierto. Es el Mar de Shadmus, el Mar Verde, el Océano Circundante”.

Islas Canarias
En la Edad Media, el Atlántico era para los latinos el Mare Tenebrosum, mientras que para los árabes era conocido como Bahr al-Zulamat. En ambos casos significa “El Mar de las Tinieblas”, y cualquiera que mire hacia el oeste desde la costa norte de Portugal y vea los intensos bancos de nubes que cruzan el horizonte, habrá de admitir que es el nombre adecuado para el Atlántico. Enunciaba un fatal augurio: para los cristianos, la palabra tenebrosum sugería al diablo; una evocación del Príncipe de las Tinieblas. Para los musulmanes, la palabra árabe que define  “oscuridad”, al-zulamat, no puede sino traer a la mente la magnífica sura XXIV del Corán, al Nur, (“La Luz”) que describe la situación del no creyente, del que se encuentra  “en la profunda oscuridad de un vasto océano,  abrumado por las nubes, cubierto por las nubes, por [oscuras] masas de nubes – oscuras profundidades, una sobre otra”

Este nombre, junto con su análogo “El Mar Oscuro”, Bahr al-Muslim, muestra con creces el miedo y la ignorancia que el hombre medieval sentía respecto al Océano Atlántico. Pero también tenía nombres más propicios; dos de ellos, el “Mar Verde” y el “Océano Circundante” aparecen en el pasaje que acabamos de señalar, del historiador y geógrafo árabe del siglo X al-Masudi, cuyos trabajos están plagados de impresionantes datos geográficos. Los árabes utilizaron también otras nomenclaturas, como la culta Uqiyanus, una transliteración directa de la voz  griega okeanos, e incluso en fuentes posteriores del Occidente usulmán aparece como Bahr al-Atlasi, “El Mar de la Montañas del Atlas” una traducción directa de la palabra “Atlántico”.

Pero el nombre más frecuente para el Atlántico fue Bahr al-Muhit, el Océano Circundante, o “Océano que lo rodea todo”. Este nombre encarnaba un concepto muy antiguo. Los babilonios, y tal vez los sumerios antes que ellos, veían la parte del mundo que no estaba habitada como un barco invertido, una gufa, flotando en el mar. Esta antigua palabra sumeria se usaba para definir los barcos de fondo redondo hechos con juncos que se utilizan en las marismas del sur de Irak, donde todavía se les llama así. Tanto el nombre como el concepto han demostrado tener  una extraordinaria supervivencia. La idea pasó de Babilonia a los griegos, y los geógrafos, desde Heródoto hasta Hecateo describían el mundo como si estuviera rodeado por todas partes por un océano universal, incluso cuando los límites del mundo entonces conocido se habían ampliado hasta mucho más lejos de lo que los babilonios podrían haberse imaginado.

Mucho después de que Aristóteles demostrara, en el siglo IV, que el mundo era esférico, la  imagen de los antiguos babilonios aún prevalecía. Al-Masudi escribió casi 1.400 años después de Aristóteles, y plenamente consciente de que la tierra era redonda,  que se podía comparar con un huevo flotando en el agua. El historiador Ibn Jaldún, 400 años después de al-Masudi, y casi 1.900 después de Aristóteles, comparaba la parte deshabitada del mundo con una uva flotando en un pequeño plato de agua.

Los babilonios apenas poseían conocimientos acerca de las tierras que se extendían más allá de Mesopotamia y sus alrededores más inmediatos. La imagen que tenían del mundo hundía sus raíces en la cosmología, que más bien estaba basada en la observación. El que los babilonios demostraran estar en lo cierto respecto a que todas las grandes masas de agua que rodeaban el globo estaban conectadas entre sí fue un hecho fortuito. Sin embargo, fue esta idea, que después pasó a los griegos, y más tarde a la Europa medieval  a través de los árabes, la que contribuyera  a los descubrimientos geográficos de los siglos XV y XVI.

Hernando Colón, en la biografía de su padre Cristóbal enumera las fuentes clásicas y medievales que indujeron al almirante a pensar que podría llegar a las Indias si navegaba  hacia el oeste. Una de sus principales fuentes fue la obra De Caelo, (De los Cielos) de Aristóteles, un libro que se dio a conocer a partir del siglo IX en su traducción al árabe, y que contaba con abundantes anotaciones de  al-Masudi. El texto original en griego llegó a Italia en el siglo XV, tras la caída de Constantinopla, en el año 1453, pero no se publicó hasta finales del descubrimiento de América. Sin embargo, en España ya se conocía desde el siglo XII por los comentarios a la obra que realizó Ibn Rush de Córdoba, el Averroes de la Edad Media para el mundo latino. No se sabe si Colón conocía el De Caelo a través de  las traducciones al latín de Averroes, o más directamente, a través de las nuevas traducciones de los humanistas italianos del Renacimiento con los que estaba en contacto. En cualquier caso, éste es el pasaje que disparó su imaginación:

“Todo cambia mucho; me refiero a que las estrellas que están encima de nosotros y las estrellas que se ven son distintas según se mueva uno  hacia el norte o hacia el sur.  Y de hecho, se ven muchas estrellas en Egipto y en los alrededores de Chipre que no se ven en otras regiones, y estrellas que nunca pueden verse más allá del radio de observación, ni en el amanecer ni en la puesta del sol de las regiones del  norte. Todo esto viene a demostrarnos  no sólo que la tierra es de forma esférica, sino que es una esfera no de gran tamaño, pues de lo contrario, tal mínimo cambio de lugar no podría apreciarse de manera tan inmediata. De ahí que uno no debería estar tan seguro de la incredulidad de aquellos que no conciben que haya una continuidad entre las Columnas de Hércules y la India, y que de este modo el océano sea uno. Una evidencia más a favor de esta afirmación que refieren, es el caso de los elefantes, especie que se da en cada  una de esas regiones extremas, lo que da a entender que las características comunes de esas regiones situadas en ambos extremos explican su continuidad. Del mismo modo, aquellos matemáticos que intentan calcular el tamaño de la circunferencia de la tierra llegan a la conclusión de que su volumen es esférico, pero también que si se compara con el de las estrellas, no es de gran tamaño, 400.000 estadios”.

Dejando a un lado la estimación de Aristóteles sobre las dimensiones de la circunferencia de la tierra, que es aproximadamente dos veces mayor, es fácil comprender por qué Colón tuvo en cuenta este pasaje. Aristóteles, la máxima autoridad en la Edad Media, da a entender que Asia podría extenderse justo alrededor  del globo, tal vez juntándose con África, o al menos que ambas estuvieran bañadas por el mismo mar. De ahí que se pudiera alcanzar Asia  fácilmente,  si se partía hacia el oeste, cruzando el mar que lo circundaba todo.

Esta era al menos su teoría, apoyada por muchas más referencias clásicas, así como por leyendas medievales sobre las  islas del oeste, e incluso por algo tan raro como el hallazgo de unos restos de madera labrada que habían sido arrojados por las olas en las playas de las islas atlánticas. Aún así tuvo que superar una  enorme barrera psicológica: la antigua creencia de que no había nada más allá de las Columnas de  Hércules. Esta creencia fue acuñada en el lema Non plus ultra, “ No hay nada más allá”, una frase de la que se hace eco al-Masudi cuando describe las estatuas, “las cuales parecen apuntar ‘No hay nada más allá de mí’...”

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