El legado andalusíRevista digital de la Fundación Pública Andaluza El legado andalusíaño XI (2010)
El Palacio de Cetti Meriem durante su derribo (hacia 1895).

La Granada musulmana desaparecida

Juan Manuel Barrios Rozua Profesor de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Granada y autor del libro Guía de la Granada desaparecida (editorial Comares, 1999).

Edificios públicos

Uno de los edificios cuya pérdida más hemos de lamentar es el Maristán, hospital para enfermos pobres construido en el momento de apogeo del arte nazarí. El edificio contaba con una bellísima portada, de la cual podemos ver hoy una reproducción a escala en el Museo Arqueológico Nacional, y un gran patio rectangular del cual se conserva una galería en pie y el arranque hasta la cintura de las demás. En el estanque del centro del patio, hoy pendiente de excavación, vertían agua los dos leones que podemos ver en el Museo de la Alhambra. El edificio había sido ceca, corral de vecinos, cuartel y cárcel, pero ni su valor histórico ni el artístico pudieron impedir a su dueño que a mediados del siglo XIX lo derribara. Los importantes restos que conservamos y la detallada documentación gráfica que se elaboró antes de su derribo justificarían su reconstrucción.

Para alojar a comerciantes y campesinos que acudían al zoco con sus mercancías se construyeron alhóndigas, llamadas funduq en Marruecos. De las que tenía Granada sólo nos ha llegado la conocida como Corral del Carbón, aunque es probable, según hipótesis del arquitecto Carlos Sánchez, que hubiera una en Plaza Nueva, el edificio que los Reyes Católicos transformaron en hospital de la Encarnación. En los grabados del siglo XVIII llama la atención una imponente balconada de madera que recorría toda su fachada y sabemos que en el interior había buenas armaduras y un austero patio. Desgraciadamente fue derribada en 1944 para ampliar la plaza.

La Alhóndiga Zaida era un antiguo edificio nazarí adaptado para ese uso por los colonizadores. Aunque llegó transformado y mermado al siglo XIX, seguía conservando interesantes restos musulmanes hasta que un incendio accidental lo destruyó en 1856, propiciando la construcción del edificio El Suizo. En el Museo de la Alhambra puede verse un bello capitel del siglo XIV salvado de las ruinas. 

Otro incendio fortuito destruyó la parte occidental de la Alcaicería en 1843, mientras que la parte oriental fue víctima en las décadas siguientes de la realineación de sus calles, lo cual obligó a derribar todos los edificios, incluida la Aduana de la Seda, que contaba con un arco decorado con yeso y algunas techumbres de interés. La Alcaicería era un ámbito del zoco cerrado con puertas para proteger las valiosas mercancías. En sus angostas callejuelas había dos centenares de pequeñas tiendas cerradas con portones de madera que se desmontaban e incluso ponían como aleros. En su intrincada trama no faltaban los rincones pintorescos e incluso había una pequeña mezquita que fue reedificada como ermita, acción sacralizadora que los cristianos completaron con la colocación de hornacinas sobre los arcos de entrada al recinto. La reconstrucción de la Alcaicería a partir de 1844 fue dirigida principalmente por el arquitecto José Contreras, famoso por haber iniciado en la Alhambra una dinastía de restauradores que sustituía las ornamentaciones originales por copias fieles. Esta habilidad para copiar las yeserías fue empleada en la Alcaicería, reedificada como una galería comercial neoárabe en la cual las tiendas tienen una estructura copiada de las tabernae del mundo romano antiguo. La nueva Alcaicería era muy distinta de la musulmana, pero hoy vemos en ella un pionero ejemplo de la arquitectura orientalista que tan en boga estaría en las décadas siguientes.

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