El legado andalusíRevista digital de la Fundación Pública Andaluza El legado andalusíaño XI (2010)

Arqueología española en Egipto

Rosario Fontova Periodista

De la tumba intacta de Sennedjem hasta el templo funerario de Tutmosis I

Sarcófago de Sennedjem. Tumba de Sennedjem en Deir el Medina, Luxor, Dinastía XIX. Madera policromada.
“Los hombres no han dejado de maravillarse ante la Gran Pirámide, la mayor construcción erigida por el hombre; una construcción que no ha sido superada en los 4.500 años de su existencia. Los griegos la calificaron junto con las demás pirámides y vecinas como una de las siete maravillas del mundo, y de las siete enumeradas por ellos, sólo las pirámides pueden admirarse todavía. Y tal vez sigan en pie incluso después de que las naciones modernas hayan desaparecido como el antiguo Egipto y la antigua Grecia”. Isaac Asimov escribió “Historia de los Egipcios” en 1967, cuando ya la egiptomanía formaba parte de la cultura contemporánea y despertaba una absoluta fascinación entre el público no especializado que no ha cesado. Sólo hay que observar el eco que ha obtenido el último intento de establecer la filiación del faraón Tutankhamon, el joven rey muerto prematuramente, enterrado con sus tesoros amontonados a toda prisa y olvidado hasta que la arqueología, o mejor el brillo del oro, le convirtió en un mito superior incluso a grandes reyes como Ramsés II o Tutmosis III. 

Aunque España ha carecido de los vínculos históricos o territoriales que han establecido con Egipto potencias políticas y culturales como Gran Bretaña, Francia, Alemania y Estados Unidos, no es, en absoluto, desdeñable su aportación. A los nombres de Vivant Denon, Champollion, Wilkinson, Marriette, Carnavon, Gardiner, y, más recientemente, Desroches-Noblecourt, Yoshimura, Empereur y Hawas, dede el año 2000 hay que añadir sin complejos a los hispanos Pérez-Die, Galán o Seco.

El primer español que anduvo explorando por tierras egipcias allá por la aurora del siglo XIX no fue un estudioso. Fue un espía pagado por Godoy. Se llamaba Domingo Badía, pero ha pasado a la historia como el viajero Alí Bey. Nacido en Barcelona en 1767, criado en Andalucía y establecido en la corte de Madrid, contó sus andanzas en un libro de aventuras titulado “Viajes de Alí Bey”, un relato en primera persona viajando por Oriente disfrazado como un árabe marroquí que tuvo que publicar en París, ciudad que le consideró mucho mejor que su patria natal. De formación científica, dejó mapas y grabados con sus descubrimientos, que le valieron un lugar de honor en la literatura culta de su época. En mayo de 1806, Alí Bey desembarcó en Alejandría tan sólo seis años después de la gran expedición patrocinada por Napoleón. Remontó el Nilo en chalupa y desde El Cairo tuvo el capricho de visitar la planicie donde se alzaban las pirámides, un terreno peligroso controlado por bandidos. “Inmediato a las pirámides vi la esfinge, busto o cabeza formada de una roca de enorme magnitud que los árabes llaman Abulhhul. Distinguí perfectamente el tocado, los ojos y la boca; más como me hallaba casi de frente no la pude ver de perfil como lo deseaba”, describió el viajero. Alí Bey murió en Alepo en 1818 cuando se dirigía en su enésimo peregrinaje a La Meca, probablemente envenenado.

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