El legado andalusíRevista digital de la Fundación Pública Andaluza El legado andalusíaño XI (2010)

Fez, la telaraña de la clepsidra

José Manuel García Marín Escritor

Restos de las tumbas de los meriníes (siglo XIII), una de las más importantes dinastías post-almohades. Fue un soberano meriní, Abu Yusuf, quien fundó en 1276 la ciudad áulica de Fez el-Jedid (Fez la nueva). © Xurxo Lobato
Cuando aludimos a lo mediterráneo nos referimos a un conjunto de civilizaciones, sucesivas o coincidentes, pero que cada una de ellas ha proporcionado un sedimento lo suficientemente enriquecedor, como para que la suma de sustratos dé como resultante lo que hoy denominamos “cultura mediterránea”. A ello, transformado ya en concepto indiscutible, recurrimos para definir unas determinadas formas de ser, de pensar y de sentir como actores y espectadores del paso de los tiempos; de vivir, en definitiva. 

Esta filosofía de vida supera sus costas, porque, si así no fuera, Córdoba, uno de sus focos más resplandecientes en el pasado, no pertenecería a ella y el hito físico que representa nuestro árbol sacro, el olivo, cuyo oleaginoso fruto es ungidor por taumatúrgico, no tendría razón como símbolo, como marca de su expansión. Habría dejado de jalonar la extensa y móvil frontera. Es absurdo siquiera pensarlo. Pero ¿hemos reparado en que a igual distancia del mar, en línea recta, se encuentra otra ciudad luminaria, Fez? ¿Predomina una sobre otra o, tal vez, sean espejos de una misma luz? Estas “polis”, como tantas otras, más o menos alejadas de las olas del Mediterráneo, puede que, a la par de motoras de cultura, tengan por destino ser torres vigías, reflectoras de terceras, con el azogue de hojas plateadas de los olivos que las circundan. Así, este mar, de arte encendido.

No existen, entonces, por azar, sino como necesidad humana de sus lúcidos reverberos. Acaso, a Fez, tuviera que acabar de fundarla un santo: Idris II. Acabar, porque el padre de éste, Idris I, en el 789, ya se había asentado en la orilla este, la margen derecha, del río Fez, que dio nombre a la ciudad.

Idris I tiene un paralelismo curioso con nuestro Abderrahmán I, pues también él llegó al Magreb –y junto con un criado y amigo, Rashid; tal como el omeya con su servidor, Badr–, huyendo de los abasíes, que deseaban matarlo por la competencia que podía hacerles como descendiente del Profeta. La diferencia es que, en este caso, lo lograron y Muley Idris al-Akbar sólo pudo reinar sobre las tribus beréberes hasta el 791, asesinado por envenenamiento, de manos de un emisario del califa abasí Harum al-Rashid, el de Las mil y una noches. En esa fecha, a Idris II aún lo abrigaba el vientre de su madre. Lo extraordinario fue la fidelidad del amigo del progenitor, que ocupó la regencia.

Idris II tomó las riendas del poder en el 808, siendo muy joven; pero lo cierto es que él fundó un segundo núcleo de la ciudad, en la otra margen del río, a la que llamó al-Aliya. La población, de repente, se vio incrementada por parte de los cordobeses expulsados en la Revuelta del Arrabal, en el 814, y otras gentes procedentes de Qairuán (Túnez). Los primeros se establecieron en la orilla este, que desde entonces es conocido como el barrio de los andaluces, y los segundos, al otro lado, el barrio de los qairuaneses. De ahí el nombre de la famosa mezquita de al-Qarawiyin.

En la actualidad, al conjunto de estos dos primitivos sectores se le denomina Fez al-Bali (Fez la antigua), en contraposición a la que, más tarde y unida con la anterior por el sur, erigieron los sultanes meriníes, Fez al-Jédid (Fez la nueva), en la que se ubican el palacio real y la mellah, el barrio de los judíos.

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