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Gerald Brenan y el espíritu literario de Bloomsbury en la Alpujarra granadina

Carlos Pranger Licenciado en psicología, poeta, periodista, traductor y escritor

Lavanderas en el Río Cadiar. © Angelo Hornak / CORBIS
A Gerald Brenan (1894-1987) suele considerársele el hispanista más destacado del siglo pasado por obras como El laberinto español, La faz de España o Al sur de Granada. Sin embargo, además de su faceta como escritor e intelectual de enjundia, cabe en su haber el papel de “alcahueta” que ejerció entre dos culturas antagónicas como la inglesa y la española.

Pocas veces lugares tan opuestos como pueden ser Bloomsbury, el exclusivo barrio del centro de Londres, y Yegen, una pequeña aldea perdida en la Alpujarra de Granada, mantuvieron un romance tan peculiar e intenso como el que disfrutaron desde comienzos de 1919 hasta finales de 1934. Sucesivas olas de visitantes insignes como pueden ser Dora Carrington y Lytton Strachey; Virginia Woolf y Leonard Woolf, o Bertrand Rusell visitaron Yegen y a su inquilino más extravagante: Gerald Brenan.

El apelativo “Bloomsbury” se utilizó para denominar a un grupo de intelectuales, que durante el primer tercio del siglo XX en Inglaterra, revolucionaron el pensamiento, la literatura y las artes. Comenzaron a reunirse –reuniones míticas que acabarían formando parte de la leyenda– en torno a 1907, en casa de las hermanas Stephen, más tarde conocidas como Virginia Woolf y Vanessa Bell. Entre los asistentes destacaban E.M Forster, John Maynard Keynes, Lytton Strachey, Duncan Grant o el propio matrimonio Woolf. Si algo tenía en común un colectivo tan heterogéneo era que sentía gran desprecio por la religión, enarboló el pacifismo como seña de identidad, mostró un enconado desprecio hacia la moral victoriana y trajo algo de aire nuevo a la estancada escena artística del siglo XIX.

Tras combatir en la Primera Guerra Mundial, y antes de emprender su aventura española, Gerald Brenan se instaló brevemente en Londres. Su intención era intentar aprender el oficio de escritor, pero la vida social era demasiado intensa.

Entró en contacto con la órbita del grupo de Bloomsbury y participó en alguno de los famosos encuentros del grupo. Desde un principio se sintió algo acomplejado por la presencia arrolladora de personas como Virginia Woolf, John Maynard Keynes o E.M Forster, es más, se creía inferior por no haber cursado estudios universitarios. Brenan describe en su autobiografía, Memoria personal, con gran detalle, toda la filosofía y las peculiaridades del grupo. En el fondo, los míticos encuentros, no eran más que una excusa para disfrutar de una buena conversación, eso sí, el invitado nuevo estaba obligado a no ser aburrido: la peor de las inculpaciones en Bloomsbury, algo que incluso conllevaría el veto a las famosas tertulias. “Nunca me sentí del todo identificado con Bloomsbury como grupo. No había duda sobre la brillantez de su inteligencia, ni de que su culto por la buena conversación hacía de ellos unas personas cuya amistad resultaba muy estimulante […] Civilizados, liberales, agnósticos o ateos como sus padres antes que ellos, siempre habían estado demasiado por encima de la vida de su tiempo, siempre demasiado poco expuestos a su confusión y violencia para vivirla de verdad”. Brenan quiso seguir su propio camino, nunca acabó de sentirse cómodo en grupos, consideraba los círculos literarios como elitistas, poco implicados con el mundo, y fundamentalmente faltos de gente realmente humana. Según Brenan los miembros de Bloomsbury “olían demasiado a Universidad. Les habían lavado el cerebro y dado un condicionamiento de clase”.

Por consiguiente, su idea de marcharse a España suponía retomar su educación, dedicarse a leer. Intentaba rescatar el tiempo que le arrebató la Primera Guerra. Andalucía se convertiría en su particular universidad donde aprendió, sobre todo, de sí mismo.

Y siguió su propio camino en la vida, la sinuosa senda de la literatura. Escribió Al sur de Granada, su obra más reconocida, una referencia indispensable para la etnografía moderna, en la que se recoge la estancia de Brenan en una pequeña aldea perdida en la Alpujarra granadina a principios de los años 20. Hoy día es un clásico consolidado del que se cumplen 52 años de su primera edición inglesa.

La Alpujarra es una comarca situada a los pies de la cordillera de Sierra Nevada. Surcada por sempiternos barrancos y arroyos bañados por la reserva casi inagotable de hielo y la nieve que se derrite en las cumbres a más de 2.400 metros. Los romanos comenzaron a construir aquí una red de acequias para el riego, que luego remataron los beréberes en la Edad Media. Otro ilustre viajero que visitó la región a finales de los años setenta del siglo pasado fue Bruce Chatwin, lo hizo para encontrarse con Brenan y comparó aquellas tierras con Afganistán. Jonathan Gathorne-Hardy, biógrafo de Brenan, realiza una brillante analogía: el caso de Brenan es como si hoy día un inglés decidiera instalarse en una remota aldea de Afganistán con la única compañía de dos mil libros y el sueño de ser poeta.

Gran impacto emocional causó la Alpujarra en Gerald Brenan “ya supe entonces que jamás había visto país más hermoso que aquella España”.

Brenan se instaló en Yegen el 13 de enero de 1919. Fue su casa, de manera esporádica, hasta 1934. Yegen es una aldea con arquitectura de origen beréber, una serie de casas unidas entre sí con forma de caja, sin blanquear y los terrados de launa gris azulado. Todas edificadas en la ladera de una montaña, las calles sin adoquinar, sólo tierra y protegidas a intervalos por los tinaos, una especie de soportales que protegían a los viandantes de las inclemencias del tiempo. Los animales vivían en la parte baja de las casas. Las colonias de pulgas, garrapatas y moscas campaban a sus anchas. No había luz eléctrica, agua corriente, ni lavabos.

Enseguida quedó prendado de la panorámica de Yegen. Suspendido a unos mil doscientos metros, cada anochecer todo quedaba encadenado al silencio. Y si algún sonido furtivo emergía se propagaba a lo largo de muchos kilómetros. “Océanos de aire, y las nubes, como ballenas o enormes barcos varados, pendían sobre la aldea ancladas por las corrientes de húmedo aire marino que ascendían hasta coronar Sierra Nevada”, escribió Brenan.

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